“Jehová es mi luz y mi salvación; ¿de quien temeré? Jehová es la fortaleza de mi vida; ¿de quién he de atemorizarme?” Salmo 27:1
La palabra fortaleza aparece casi 50 veces en el Antiguo Testamento y una vez en el Nuevo. Los israelitas se escondieron de sus enemigos en fortalezas, es decir, en “lugares fortificados” (Jueces 6:2) o “lugares fuertes” (1 Samuel. 23:14). El salmista David comparó sus experiencias físicas en estos lugares fuertes con sus experiencias espirituales con el Señor. Su fortaleza era el Señor por lo tanto no tenía nada que temer.
El que Cristo sea nuestra fortaleza no significa que la vida será fácil o libre de problemas y dificultades, pero, amados, regocíjense conmigo en que no tenemos que vivir con temor. Los propósitos de Dios quizá nos lleven por caminos de sufrimiento, pero cuando EL guía, sabemos que EL protege. Nos protege en medio del sufrimiento o a través del sufrimiento, pero cuanto más lo conocemos, menos debemos temer.
¿Qué problema tiene usted que sea demasiado grande para Dios? Ninguno, porque el que es “demasiado fuerte para…”, el que te “levanta por encima de…”, el que te “protege y te guarda seguro” es tu “fortaleza y tu libertador”.
Nunca perdamos de vista la fortaleza protectora de Dios. “Jehová es mi roca y mi fortaleza, y mi libertador”.