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Pastora: Ana Dipiní |
La Navidad es una noche para ser recordada, porque Dios vino a la tierra en la persona de Jesucristo. Su humilde nacimiento fue el comienzo de una obra poderosa que Dios llevó a cabo a favor de la humanidad. Ésta consistió en:
La encarnación. Desde el momento de Su nacimiento terrenal, Jesús fue verdadero Dios y verdadero hombre al mismo tiempo (Col. 2:9). En Él se unieron perfectamente la naturaleza humana y la naturaleza divina; Jesús no se desprendió de Su deidad en ningún momento ni la sustituyó por Su humanidad, sino que eligió someterse a la voluntad de Su Padre y vivir como uno de nosotros. Durante toda Su vida terrenal, siguió siendo el Hijo de Dios eterno a la vez que tenía una naturaleza humana no manchada por el pecado.
La revelación de Dios. El Hijo vino a este mundo para que pudiéramos saber cómo es el Padre. Él dijo: “El que me ve, ve al que me envió” (Jn. 12:45).
La identificación con el hombre. Al llamarse a sí mismo el Hijo del Hombre (Mt. 8:20), Jesús se estaba identificado plenamente con nosotros. Anduvo entre nosotros y supo, por experiencia propia, lo que eran las angustias, el sufrimiento y la muerte que hay en la existencia humana. Con la crucifixión supo lo que eran las consecuencias del pecado, ya que llevó sobre Sí mismo nuestras iniquidades (2 Co. 5:21). La vida perfecta de Jesús lo hizo digno de morir en nuestro lugar y pagar totalmente nuestra deuda por el pecado.
Por más precioso que sea el nacimiento de un niño, lo que ocurrió en la Navidad fue mucho más grande. Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros para que pudiéramos reconciliarnos con Él.
¡Aleluya! |
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